Me gustan mucho los juegos de improvisación. Me encantan. Me descojono y me despollo. Mucho. Pero cuando están bien hechos.
Hay gente que cree que la impro es sólo eso, llegar y ponerse a hacer el tonto. No es así. No es tan sencillo. Es un espectáculo elaborado y complicado, que tiene sus normas, sus reglas, y hay que respetarlas para el buen funcionamiento del mismo.
-Bah, entonces no estás improvisando…
¿Cómo que no? Sí que estás improvisando. No hay guión, te lo estás inventando sobre la marcha, y lo estás haciendo buscando que sea lo más hilarante posible.
La comedia tienes sus herramientas. Ladrillos que hacen que según se usen o no, los chistes sean mejores o peores. Esas herramientas son las mismas para las sit-com, los monólogos, los chistes populares… y por supuesto, la impro.
¿Cuántas veces has ido a hacer la comida y apenas te quedaba nada? Tienes que inventar, tienes que im-pro-vi-sar, tienes que hacer algo con lo que te queda en el frigorífico. Pero improvisar no significa cogerlo todo tal cual esté y echarlo en la sartén. Sabes que la cebolla hay que pelarla. Sabes que el hueso no se come. Sabes que el microondas hay que enchufarlo.
Pues con la improvisación cómica pasa lo mismo. Te dan unos ingredientes, y tienes que construir una historia, y de tu buen hacer depende que el público se mee o se aburra.
Hay muchas cosas a tener en cuenta. Por ejemplo, no hay que olvidar nada. Si en algún momento de tu historia tu personaje, por lo que sea, no puede pronunciar la “E”, no puedes empezar hablando sin E’s y que luego se te olvide y volver a hablar normal.
Es de sentido común, pero cuando te metes en harina y cada vez te añaden más normas, hay que estar muy despierto para que no se te olvide ninguna. Al público que te está viendo no se le olvida nada.
Como tampoco hay que negar nada. Imagina que tu compañero, el público, o quien sea, establece una regla que dice que tienes que andar a gatas, pero a ti no te apetece y dices que no. Pues frenas el avance de la historia. Hay un parón, un corte, un cambio de sentido que no viene a cuento y que desorienta al público y a tus compañeros de impro, si los hubiere, destrozando una historia que iba bien encaminada.
Tampoco intentes hacerte el graciosillo. Meter chistes con calzador. Eso tampoco hace gracia porque no viene a cuento. El humor en la impro surge de las situaciones que se plantean, no de los chistes puros y duros que se te ocurran sobre la marcha o que rescates de la memoria. Me pasó a mí y lo pagué caro en mis inicios improvisadores. No me volverá a pasar. Lo juro. Dedícate a seguir la historia, que evolucione, que llegue a alguna parte, y la risa viene sola, sin meter chistes.
Éstas son tres de ellas, pero hay más. Es un mundo complejo, y requiere entrenamiento. Puedes aprender la teoría, pero no te servirá de nada si no te pones una y otra vez, una y otra vez, y otra vez, y otra más, y así hasta el infinito, a practicar y practicar.
(by Antonio Castejo)

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