No. Nonononono. ¿Por qué?
Había que aprovechar el tirón, el impulso de la película anterior, básicamente hacer caja. Con la buena publicidad que traían de casa gracias a Ocho apellidos vascos, la asistencia a las salas estaba asegurada. Y lo que está asegurado ahora es la cara de decepción que se nos queda a todos al salir del cine.
A ver, yo fui ayer a ver la película teniendo asumido que no iba a ser como la primera. Lo aceptaba. La expectación generada juega mucho en contra, pero lo que no me esperaba era que lo de comedia romántica se quedase sólo en romántica.
Y romántica si me apuras, tampoco.
El planteamiento es del todo previsible: chico se entera que su ex se va a casar, se arrepiente y quiere reconquistarla el día que ella se casa con otro chico. De manual. Que el chico finalmente recupera a la chica lo sabía hasta el Tato. No hace falta ni poner el aviso de spoiler. De películas así está plagada la cartelera. O sea, que si en lo romántico ya está todo dicho, nos queda lo de comedia.
Un par de puntazos y unos cuantos juegos de palabras. Y para de contar.
El la primera película recuerdo a todo el público descojonándose al unísono, cada dos por tres, carcajadas que inundaban la sala eclipsando el sonido de la película. Anoche no se reía nadie. Alguna risa suelta de vez en cuando, pero ya está. ¿Y por qué?
A mi entender, simplemente porque no había comedia. Situaciones metidas con calzador, otras prometedoras que no han sido explotadas adecuadamente. Si en la primera película un sevillano tenía que hacerse pasar por vasco, el protagonista, utilizando todos los tópicos posibles, se va metiendo en unas arenas movedizas de las que no sólo es incapaz de salir, sino que además se va hundiendo cada vez más, lo que crea situaciones desternillantes. Si en el fondo no se inventó nada, un pez fuera del agua de manual también, pero muy bien hecho. En esta versión intentan ir por el mismo camino, haciéndole creer a una anciana (Rosa María Sardá) que Cataluña es independiente. Lo que pasa es que la trama parece centrarse más en la relación sentimental de los protagonistas, olvidando el enredo que debía montarse y no se monta. Rafa (Dani Rovira) hace un intento de hacerse pasar por catalán (Me llamo Oriol…), que se queda olvidado casi inmediatamente. El personaje de Carmen Machi intenta hacerse pasar por catalana sin venir a cuento, sin que nadie se lo pida, y sin saber aún siquiera que había que engañar a la vieja. Pequeños intentos, con personajes secundarios, de liarla parda, que se quedan en nada. Pequeños intentos que no solo no refuerzan la trama principal, sino que siquiera tienen nada que ver, cuya única justificación para meterlos sería la de crear situaciones hilarantes, pero que se quedan sin resolver, sin rematar, convirtiendo la película en una especie de sucesión de scketchs sin gracia mientras los otros intentan resolver sus problemas sentimentales sin hacer reír a nadie.
No me lo puedo creer, sinceramente. Ha debido pasar algo externo que les ha obligado a hacer semejante bodrio. No sé, presiones de Mediaset, por poner un ejemplo. Yo qué sé. Después de ver Ocho apellidos vascos y de leerme la novela de sus guionistas, Venirse arriba (de la que ya hablaré), pensaba que todo lo que hicieran Borja Cobeaga y Diego San José tendría un mínimo de calidad humorística.
Supongo que nadie es perfecto, como cuando ves el monólogo de un cómico y te parece el mejor del mundo, y luego saca espectáculo nuevo y ves que no era para tanto. No somos genios. Unas veces tienes más inspiración que otras. Unas veces te salen las cosas bien, y otras mal. Por eso tan importante como saber escribir es saber desechar. Quiero pensar que no han tenido otra opción, que hubiesen querido más tiempo para hacer las cosas bien, pero alguien les ha dicho “trae para aquí, que se nos hace tarde. Así mismo vale”. Y ha salido como ha salido.
Cuando hago críticas negativas, siempre aparece algún fan incondicional que me dice: “Seguro que tú lo hubieses hecho mejor, ¿no?”. Pues no. Estoy seguro al 100% que si alguien me hubiese encargado hacer ese guión, sería aún peor. Pero que no yo no sepa jugar al fútbol no implica que cuando vea un partido no quiera ver goles.
(By Antonio Castejo)

No hay comentarios:
Publicar un comentario