domingo, 6 de diciembre de 2015

Ocho apellidos catalanes

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No. Nonononono. ¿Por qué?
Había que aprovechar el tirón, el impulso de la película anterior, básicamente hacer caja. Con la buena publicidad que traían de casa gracias a Ocho apellidos vascos, la asistencia a las salas estaba asegurada. Y lo que está asegurado ahora es la cara de decepción que se nos queda a todos al salir del cine.
A ver, yo fui ayer a ver la película teniendo asumido que no iba a ser como la primera. Lo aceptaba. La expectación generada juega mucho en contra, pero lo que no me esperaba era que lo de comedia romántica se quedase sólo en romántica.
Y romántica si me apuras, tampoco.
El planteamiento es del todo previsible: chico se entera que su ex se va a casar, se arrepiente y quiere reconquistarla el día que ella se casa con otro chico. De manual. Que el chico finalmente recupera a la chica lo sabía hasta el Tato. No hace falta ni poner el aviso de spoiler. De películas así está plagada la cartelera. O sea, que si en lo romántico ya está todo dicho, nos queda lo de comedia.
Un par de puntazos y unos cuantos juegos de palabras. Y para de contar.
El la primera película recuerdo a todo el público descojonándose al unísono, cada dos por tres, carcajadas que inundaban la sala eclipsando el sonido de la película. Anoche no se reía nadie. Alguna risa suelta de vez en cuando, pero ya está. ¿Y por qué?
A mi entender, simplemente porque no había comedia. Situaciones metidas con calzador, otras prometedoras que no han sido explotadas adecuadamente. Si en la primera película un sevillano tenía que hacerse pasar por vasco, el protagonista, utilizando todos los tópicos posibles, se va metiendo en unas arenas movedizas de las que no sólo es incapaz de salir, sino que además se va hundiendo cada vez más, lo que crea situaciones desternillantes. Si en el fondo no se inventó nada, un pez fuera del agua de manual también, pero muy bien hecho. En esta versión intentan ir por el mismo camino, haciéndole creer a una anciana (Rosa María Sardá) que Cataluña es independiente. Lo que pasa es que la trama parece centrarse más en la relación sentimental de los protagonistas, olvidando el enredo que debía montarse y no se monta. Rafa (Dani Rovira) hace un intento de hacerse pasar por catalán (Me llamo Oriol…), que se queda olvidado casi inmediatamente. El personaje de Carmen Machi intenta hacerse pasar por catalana sin venir a cuento, sin que nadie se lo pida, y sin saber aún siquiera que había que engañar a la vieja. Pequeños intentos, con personajes secundarios, de liarla parda, que se quedan en nada. Pequeños intentos que no solo no refuerzan la trama principal, sino que siquiera tienen nada que ver, cuya única justificación para meterlos sería la de crear situaciones hilarantes, pero que se quedan sin resolver, sin rematar, convirtiendo la película en una especie de sucesión de scketchs sin gracia mientras los otros intentan resolver sus problemas sentimentales sin hacer reír a nadie.
No me lo puedo creer, sinceramente. Ha debido pasar algo externo que les ha obligado a hacer semejante bodrio. No sé, presiones de Mediaset, por poner un ejemplo. Yo qué sé. Después de ver Ocho apellidos vascos y de leerme la novela de sus guionistas, Venirse arriba (de la que ya hablaré), pensaba que todo lo que hicieran Borja Cobeaga y Diego San José tendría un mínimo de calidad humorística.
Supongo que nadie es perfecto, como cuando ves el monólogo de un cómico y te parece el mejor del mundo, y luego saca espectáculo nuevo y ves que no era para tanto. No somos genios. Unas veces tienes más inspiración que otras. Unas veces te salen las cosas bien, y otras mal. Por eso tan importante como saber escribir es saber desechar. Quiero pensar que no han tenido otra opción, que hubiesen querido más tiempo para hacer las cosas bien, pero alguien les ha dicho “trae para aquí, que se nos hace tarde. Así mismo vale”. Y ha salido como ha salido.
Cuando hago críticas negativas, siempre aparece algún fan incondicional que me dice: “Seguro que tú lo hubieses hecho mejor, ¿no?”. Pues no. Estoy seguro al 100% que si alguien me hubiese encargado hacer ese guión, sería aún peor. Pero que no yo no sepa jugar al fútbol no implica que cuando vea un partido no quiera ver goles.

jueves, 3 de diciembre de 2015

Medidas para salvar el Stand-Up en España

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La burbuja de los monólogos cómicos hace ya tiempo que estalló en este país. Con unos inicios que prometían muy felices, llegó el intrusismo, la masificación, las malas artes, la falta de escrúpulos y la dejadez, tanto por el que ofrece como por el que demanda, que ha derivado en un trabajo precario y de mala calidad.
Obviamente no estoy hablando de todos por igual. Hay cómicos muy profesionales, salas que son un lujo, programadores y representantes que se merecen su sueldo… Pero la cosa ya no es lo que era. Sueldos indignos y mala organización están haciendo que el negocio no sea rentable para nadie. Salas que pierden dinero con cada actuación, cómicos que necesitan otro trabajo para llegar a fin de mes…
A continuación propongo una serie de medidas que, a mi entender, servirían para profesionalizar un sector demasiado dejado al libre albedrío. Ahí van:
1.- Solo podrán trabajar los cómicos con licencia. Antes, para que una sala te contratara, te preguntaba: ¿Pero tú has grabado en Paramount? La cadena servía como garantía de calidad, y era el objeto de deseo de todo aquel que quería dedicarse a esto. Pero la prohibición de subir videos a youtube, y la búsqueda del más barato todavía de los locales, han devaluado el poder del sello televisivo. Hay que recuperar eso. Necesitamos un distintivo. La idea sería crear sociedades o algún tipo de instrumento que garantice que un cómico es un profesional. Al igual que un abogado no puede trabajar si no está colegiado, y no puede colegiarse si no acaba la carrera, los cómicos deberíamos “simular” esta situación. Para trabajar debes presentar tu carnet de colegiado en comedia, por llamarlo de alguna manera, y para colegiarte, hacer un tipo de curso, en escuelas oficiales, que garantice que eres un profesional de calidad. Ni que decir tiene que esto debe hacerse de manera legal, mediante el ministerio de educación, y no haciendo grupos de cómicos como si fuésemos bandas urbanas. Todo legal.
Alguno me dirá que hay cómicos con un talento innato y que no les hace falta ningún curso para demostrar su calidad. Y es verdad. Pero la medida no es tanto para medir la calidad (que también, ya que estamos. El curso habría que aprobarlo, no sólo asistir), sino para evitar el intrusismo. Hay cómicos con un Don, pero otros no, y se cuelan en el circuito de la misma forma, cerrando salas y hundiendo el negocio. Además, si tienes el Don, el curso para ti será un mero trámite. Nada de qué preocuparse.
Entonces, los cómicos que están empezando ¿cómo cogen tablas si no pueden actuar? Claro que pueden actuar. Para esto están los concursos y los espectáculos de micro abierto, donde la gente asiste a sabiendas que habrá cómicos amateurs y que van a la sorpresa. Lo que no pueden hacer son bolos profesionales, donde la gente que va es porque tiene la garantía de que va a ser un espectáculo en condiciones. Que para eso ha pagado entrada. Porque hay que…
2.- Cobrar entrada siempre. No estoy diciendo de cobrar mucho, pero si algo, aunque sea simbólico, una consumición obligada, no sé, algo, lo que sea. Esto actúa de filtro. Si el espectáculo te cuesta dinero, quieres amortizarlo, y estás pendiente. Así se evita gente que entra porque pasaba por ahí, que no le interesa el show, y que se sienta al fondo a hablar sin dejar escuchar a los demás. ¿Los niños también pagan? Sí. ¿Por qué? Para que no los lleves.
Cuando le digo esto al dueño de un local, me dice: es que si cobro entrada no viene nadie. Entonces le cuento la historia de un local que hay en mi pueblo, que llevaba haciendo monólogos desde el principio, donde han actuado los ahora mejores cómicos de España, entonces desconocidos. Yo he ido allí, pagado mi entrada, reírme hasta el flato, pedir otra cerveza cuando se me acababa la que tenía, y pensar que a mí también me gustaría poder hacer eso algún día. El negocio salía rentable, y lo sé porque yo mismo he organizado y la cosa funciona. Así sí funciona. Pero la avaricia rompe el saco, y el dueño del local pensó que si no cobraba entrada iría más gente aún y ganaría mucho más dinero en copas. Acertó a medias. Sí es cierto que iba más gente aún. Se llenaba el bar hasta tal punto que era imposible acceder a la barra. Yo he seguido yendo a ese local y pasar todo el espectáculo seco, porque era imposible pedir, a parte de tener que utilizar un periscopio para ver algo porque los más altos se ponen siempre en las primeras filas, los cabrones. Entonces el dueño empezó a quejarse de que la gente no consumía, que perdía dinero, contratando a cómicos cada vez más baratos (y peores, todo hay que decirlo), hasta finalmente retirarse por completo.
Por eso digo que es bueno para el local, porque es preferible que vaya menos gente, pero que consuma, a que se llene el bar y no tener que abrir la caja registradora en toda la noche, y bueno para el cómico porque cuesta menos ganarse a un público que ya viene dispuesto de casa.
“Es que si cobro entrada no viene nadie”. Si no hay locales con entrada gratuita, si todos cobran entrada, quien quiera ver comedia tendrá que pagar. En los teatros se paga sin rechistar, ¿por qué en lo bares no, si es menos dinero además con consumición? Claro que la gente quiere pagar. Lo que no quiere es pagar por un espectáculo de mierda, pero si hay garantía de que es de calidad, claro que paga.
3.- Cachés altos. No estoy diciendo de cobrarle a un local miles de euros, pero sí un salario digno y justo, que te mereces si eres un profesional como indicará tu número de colegiado, y que además sirva para disuadir a locales cutres. Me explico:
Antes de la burbuja había pocos locales que hiciesen comedia. Antes de una debacle que ha ido creciendo como una bola de nieve, los precios restrictivos hacía que tuvieses que desplazarte al pueblo de al lado si querías ver un monólogo en directo, hacía que tuvieses que esperar hasta el día de la semana o del mes en que había actuación y te organizabas para no perdértelo. El local que se arriesgaba atraía a la gente de su municipio y a los de al lado. Se petaba. Generando la envidia de los demás locales que también querían pero no podían o no se arriesgaban. Pero entonces llegaron las rebajas y de repente podías encontrar en el mismo pueblo varios locales que ofrecían monólogos el mismo día de la semana, y así varios días de la semana. Con tanta oferta, estás tú que la gente iba a ir a ver el espectáculo. Si no voy hoy, voy mañana, y si no pasado, y si no al otro, y así lo vas dejando hasta que te das cuenta que llevas más de un año sin ver un directo. Y si a eso le sumas el intrusismo de mala calidad, que para una vez que haces el esfuerzo de ir resulta que no te ríes, pues la próxima vez te lo piensas.
Por eso un caché más alto no sólo es bueno para el cómico, que ve recompensado su trabajo (escritura, ensayo, prueba, reescritura, reensayo, reprueba… desplazamientos, trabajar noches y fines de semana, dormir lejos de tu familia, kilómetros y kilómetros… “Es que cobráis mucho por sólo una hora”. ¡Una polla!), sino también bueno para los locales, porque ya no tendrás otro monólogo la misma noche en el bar de al lado. Restringe a los locales de poco tamaño y su quiero y no puedo, pero sobre todo, al igual que el público que cobra entrada va con otra actitud al espectáculo, al local al que le cuesta dinero el show se lo curra más, pone más publicidad y hace lo posible porque se llene. Que he visto locales hacer dos carteles a mano para ponerlos dentro del local, y luego no entender cómo era posible que no hubiese ido nadie.
Si obligamos a los locales a pedir el certificado, número de colegiado o como lo queramos llamar, habrá menos cómicos. A menos masificación, más oferta de trabajo para los cómicos realmente profesionales. El negocio volverá a ser rentable y se acabará el actual “bajarse los pantalones”, incluso haciendo…
4.- Factura siempre. ¿En serio? ¿Pagar impuestos? Entonces gano menos.
Si tú quieres ganar 300€, pues cobra 350, que tras pagar los impuestos se te quedan tus 300 limpios. Operación matemática sencilla.
-Pero hay muchos locales que no quieren factura.
Sí la quieren. Lo mismo no lo saben, pero sí la quieren. Explícaselo. Al que cobra no le interesa facturar, porque así se ahorra los impuestos, pero al que paga SIEMPRE le interesa tener factura, porque cuanto más gastos, menos IRPF paga al hacer el trimestre, y porque el IVA se lo deduce.
-¿Y los cómicos que tengan poco trabajo? ¿Cómo van a pagar el autónomo?
Hay soluciones para todo. Por ejemplo, los artistas tienen una modalidad de seguridad social en la que sólo te aseguras los días que trabajas. Por otro lado, varios cómicos podrían formar una sociedad y facturar a través de ella, haciéndote un seguro como trabajador por cuenta ajena sólo por los días trabajados. Yo lo hago continuamente. Eso sí, apenas cotizas, por lo que te conviene aumentar el volumen de trabajo para poder asegurarte a jornada completa. Pero es una solución para épocas de vacas flacas.
Además, hay que hacer factura, a parte de porque es lo que hay que hacer, que hacienda somos todos, y todo eso, porque será necesaria como garantía de seguridad si se ponen en marcha las medidas anteriores, ya que para evitar fraudes será necesario contar con un..
5.- Organismos independiente que denuncie a infractores. Tanto a cómicos que actúen sin licencia, como a los locales que los contraten. A los que no respeten los cachés. A los que no hagan factura. A los que no cobren entrada… En definitiva, de nada sirve crear unas pautas de trabajo si luego no se respetan y tampoco se denuncian. Muchos cómicos comentan (se quejan) con otros cómicos sobre malas artes de locales y compañeros, pero no denuncian ni se quejan en público por miedo, por evitar malos rollos, porque programa y entonces perderé trabajo, etc. Tanto cómicos como locales podrían denunciar de forma anónima la competencia desleal, y el organismo denunciar en su propio nombre al infractor. Y se acabaría tanta tontería.
Resumiendo, habría que convertir en oficiales las escuelas de comedia que hay (y las que surjan), para que sólo a través de ellas se pueda obtener una licencia o número de colegiado, sin el cual no se puede trabajar, establecer una tabla de sueldos oficial, obligar a los locales a solicitar licencia, factura y cobrar entrada, y que nadie se calle y denuncie a quien no cumpla las normas.
Obviamente, esto son sólo directrices, habría que completar y matizar (se aceptan propuestas), y probablemente haya algo que sea irrealizable y/o sea necesario hacerlo de otra forma. Pero es un camino. El negocio se puede levantar, sólo hace falta compromiso.