sábado, 19 de septiembre de 2015

La evolución del Stand Up en España

Mucha gente está empezando a pedir a gritos que pasemos ya de nivel, que demos el siguiente paso, que evolucionemos de una p*ta vez.
El Stand Up en España está estancado casi desde que empezó.
Irrumpió con fuerza por el año 2000. Aunque ya existía antes, era muy minoritario, y fue al surgir El Club de la Comedia y Paramount Comedy (ahora Comedy Central) cuando se masificó hasta alcanzar los niveles actuales.
Temas cotidianos. Lo que nos pasa día a día, las parejas, las fiestas, el sexo… Temas recurrentes repetidos hasta la saciedad por los más de mil cómicos que hay actualmente en España (censo no oficial).
Poco a poco se ha ido buscando la originalidad: pues yo voy a hablar del cuarto de baño, pues yo de los móviles, pues yo de películas y series… Pero no dejan de ser temas cotidianos introducidos por el ¿no os pasa que…? o el viniendo para aquí, que por mucho que nos empeñemos en buscar un tema que aún no haya tratado nadie, hasta que no se cambie la forma en la que se aborda seguiremos estancados.
Pero, ¿depende todo de nosotros los cómicos? Yo creo que no. Los cómicos y nuestro público debemos avanzar de la mano, y no podremos dar el siguiente paso hasta que la gente no esté preparada para que lo demos. Me explico.
No sé si es debido a que el carácter de los españoles es así, o es porque en tema de Stand Up aún estamos en pañales, pero entre el año 2000 hasta el día de hoy, la estructura del monólogo a ido buscando el mayor número de risas por minuto. No digo que eso sea malo, pero tiene un inconveniente: son premisas muy cortas que te obligan a abusar de comparaciones y exageraciones, y en definitiva no te deja salir del tema cotidiano en esencia, por mucho que te esfuerces en rebuscar temas no trillados.
Sin embargo, en Estados Unidos no tienen esa presión de hacer reír cada 20 segundos. Los grandes cómicos americanos (en youtube hay a patadas vídeos subtitulados) te cuentan una historia, te transmiten un mensaje, te expresan su opinión, su punto de vista, y sobre todo mucha crítica social, y te meten el chiste cuando tienen que hacerlo. Los escuchas, porque lo que están diciendo es interesante, y te ríes cuando toca, porque de eso se trata.
Pueden estar perfectamente con una premisa de tres minutos sin que el público pierda la atención, y rematarte el chiste sin que pierda la gracia. Eso aquí en España hoy por hoy es imposible. He puesto a mis amigos vídeos de los cómicos más prestigiosos americanos, de los que llenan estadios, y enseguida se despistan, por que no conciben ver eso sin reírse tres veces por minuto, que qué cómico más malo.
Esto es un ejemplo de, como ya dije en el post anterior, que en caso de pinchazo no toda la culpa es del cómico, que el público también tiene algo de responsabilidad. Como también tiene algo que decir para que la comedia española evolucione. El público debe estar dispuesto a eso, a escuchar un mensaje aunque no te guste, que te cuenten verdades distintas a las tuyas, a ver el mundo desde fuera, sin sentirte atacado personalmente.
Esto último, lo de atacado personalmente, lo digo pensando en la política. Vuelvo a decir que no sé si es nuestro carácter, o es que no estamos preparados, pero si haces un monólogo de un determinado color político, un sector de la audiencia se sentirá como si lo estuvieses insultando a él en concreto. En España hay muchos cómicos que se niegan a hablar de política y religión porque la gente es incapaz de verlo como lo que es, un monólogo de humor. Mientras la gente no sea capaz de reírse de uno mismo, nosotros no podremos dar el siguiente paso, y tendremos que seguir hablando de la zapatilla de mi madre, aunque nos pese.
Hay que educar al público, hay que orientarlos hacia una nueva forma de hacer comedia, pero a ver quién es el guapo que se come la mierda para asfaltarle el camino a las próximas generaciones.

sábado, 12 de septiembre de 2015

¿Humor Inteligente?

Entre mi rutina habitual suelo meter chistes nuevos, camuflados, para ir probándolos a ver que tal funcionan. No hace mucho probé un chiste sobre un estudio científico reciente, tras el cual se oyen las carcajadas de una sola persona de entre todos los asistentes.
Al acabar el espectáculo, dicha persona se me acercó y me dijo, que tuvo que explicárselo a sus acompañantes porque nadie más lo había pillado.
Que luego el chiste no tiene por qué ser bueno, puede ser más malo que el vino de un restaurante chino, no digo que no, pero para poder valorarlo, primero hay que entenderlo.
Lo probé un par de veces más con idéntico resultado, y finalmente lo deseché.
También me pasó una vez, actuando en un pueblo de interior de una provincia del norte, que toda la gente que había ido a mi show me miraba con cara de póquer, ni un aplauso, ni una carcajada, ni una leve sonrisa, nadie, además, ni interrumpiendo ni nada, yo no sabia si habían dejado de respirar o qué, que parecía que estaba actuando en el museo de cera. Suelo aprovechar los aplausos para beber agua, para no frenar el ritmo, pero como ahí no aplaudía ni dios, decidí saltarme la regla para hidratarme puesto que tenía la boca mas seca que el coño de la madre superiora. Acabé el chiste y bebí agua. Ante esa pausa mas larga de lo normal, cual no sería mi sorpresa cuando a medio trago empieza todo el mundo a reírse. Todos. ¿Qué ha pasado? Comprobé la bragueta por si acaso. Todo ok. ¿Entonces? A ver si es que son un poco lentos…
En efecto. Decidí hacer la prueba, y a partir de ahí, donde yo sabía que tocaba reírse, hacía las pausas más largas, dándoles tiempo. Todo un éxito. Lástima no haberme dado cuenta antes, porque ya casi había terminado.
Cuando definitivamente acabé, me meto en la oficina (almacén) con el dueño, que aparte de pagarme, me regaló una camiseta promocional del local y, sin preguntarle yo nada, me dijo: “no te preocupes, llevo tres años haciendo monólogos y a todos los cómicos que vienen les pasa lo mismo. El último que vino, un tal Vaquero (hace tiempo de esto, ¿eh?) se comió una mierda también”. ¿No ha funcionado ninguno?, quise saber. Solo Juanjo Albiñana, me contestó (Juanjo, si estas leyendo esto, yo no sabría cómo tomármelo).
¿Qué quiero decir con todo esto? Pues que hay algunos cómicos que no dan su brazo a torcer en cuanto a lo de que el público es soberano, que si pinchamos la culpa es 100% nuestra y nunca en ningún caso y bajo ningún concepto el público tiene algo que ver, bla bla bla. Gilipolleces. Eso lo dirán para hacerse el guay y/o sentirse superiores. Que me disculpe si algún compañero se da por aludido, no es mi intención ofender, pero si eso fuese verdad, no habría, por ejemplo, hecklers. Los hecklers también son público.
El público puede ser todo lo soberano que quieras, pero a mí que no me venga un tío que no ha terminado la ESO… Perdón. Reformulo la frase teniendo en cuenta cómo está la educación en este momento en este país: el público puede ser todo lo soberano que quieras, pero a mí que no me venga un tío que ha terminado la ESO sin haber hecho ningún mérito para conseguirlo, a juzgar mi trabajo, porque no.
El público confunde normalmente la objetividad y la subjetividad. Si a mí no me gusta, es malo, y si me gusta, es la polla. Clases de humor hay muchas, y a cada uno le gusta la suya, y eso no quiere decir que el resto sea basura.
Y pasa con todo. El mejor futbolista del mundo siempre es el que juega en tu equipo, el resto son unos mantas. El músico que merece todos los premios siempre es tu favorito, y los demás no tienen ni idea. Y así con todo. Mientras no seas capaz de decir “aunque a mí no me gusta este cómico, reconozco que es bueno” tu opinión no me merece ningún respeto.
No quiero decir que desprecie al público. Todo lo contrario. El público es sabio, soberano y respetable, para ellos hacemos lo que hacemos, no hacemos lo que nos gusta a nosotros sino lo que les gusta a ellos, probamos nuestros chistes para ver si son de su agrado, oh majestad, y así tener un espectáculo por y para ellos, y con ello reconozco que cuando pinchamos, la mayoría de las veces es culpa nuestra. Sólo digo que no siempre, o no toda la culpa es nuestra, porque hay algunos casos que… tela.
En esto del humor inteligente me gusta poner como ejemplo a Ignatius Farray. Para mí, es el cómico español actual que mas referencias culturales introduce en su espectáculo. Siempre que veo algún espectáculo nuevo suyo hay algún momento en el que pienso, hostia, eso que acaba de decir, sé que hay chicha, lo noto, pero no lo he pillado. No lo he entendido. No estoy a la altura como público (que sí, que luego se tira 20 minutos haciendo el grito sordo, pero fíjate tú, y esto es una suposición mía, opinión personal, que con el grito sordo realmente se está riendo de nosotros por ser tan simples).
También es verdad que humor inteligente no significa hablar forzosamente, por ejemplo, de ciencia. Una cosa es conocer determinados parámetros culturales, y otra distinta que no puedas pensar un poco, gandul. Puedes hablar de temas cotidianos, dándole un poco la vuelta para que te comas el coco. Humor inteligente no significa que tengas que tener un coeficiente de 150 para entenderlo, pero desde luego no es decir todo el rato “si no es por no ir…”
Y ahora es cuando viene la moraleja de esta historia: es decisión de cada cómico elegir entre hacer humor inteligente de verdad, en el que seas el no va más entre eruditos, pero te comas mojones como casas en según que sitios, o hacer un humor mas simplón, donde llegarás a todo el mundo, a listos y a tontos, pero donde un sector se cansará de ti por hacer siempre lo mismo, por no profundizar.
Eso ya, cada uno.
Ojo, no he dicho que por hacer humor no inteligente significa que seas tonto. Una cosa es tú, y otra lo que hagas y a quien vaya dirigido. Los programas infantiles no los hacen niños.

sábado, 5 de septiembre de 2015

Hecklers

Resumiéndolo lo máximo posible, un heckler es básicamente una persona que se dedica a dar por culo.
No en el sentido literal, claro. Ahí cada uno es libre de hacer lo que le venga en gana. Me refiero a esa gente que va, ciñéndonos a la temática de este blog, a un espectáculo de comedia, y no deja de interrumpir y molestar, tanto al profesional como al resto de público, que quería disfrutar del espectáculo. Dar por culo, me reitero, que para eso es una expresión polisémica.
No necesariamente ha de ir borracho, aunque suele ser un factor bastaste común.
¿Qué hacer en estos casos? Pues hay que hablar con el responsable o la responsabla (en adelante lease el masculino como neutro) de la sala donde toque actuar. Del mismo modo que hablamos sobre cachés, horarios, donde está el escenario, que si seguro que no me voy a matar al subirme encima de esa caja de cartón, que mira que no peso 30kg, que si el micro inalámbrico tiene pila, que si podrías quitar la luz de neón para poner luz blanca normal, la de siempre, la de toda la vida, de igual forma debemos hablar sobre el protocolo a seguir en caso de hecklers.
Que no os convenzan, la responsabilidad es de la sala. Quienes deben hacerlos callar, o incluso echarlos si se da el caso, son los responsables de la sala.
Recuerdo una ocasión, una actuación mía, en la que un heckler que estaba en primera fila (no sé por qué hago esta aclaración, siempre se ponen en primera fila) empezó a interrumpirme constantemente, con afán de protagonismo, intentado hacerse él el gracioso, haciendo caso omiso de las miradas asesinas del resto del público. A veces pasa que el dueño del bar está por ahí haciendo cosas, trabajando, ni siquiera puede ver el espectáculo por el que ha pagado, y tienes que lidiar tú solo con el energúmeno, qué se le va a hacer. Pero en este caso concreto que estoy relatando, el dueño del local estaba sentado también en primera fila, un par de mesas a la derecha, mirando con desaprobación la mierda que me estaba comiendo. Al acabar la función, le digo:
-Anda que has puesto solución al tío ese que estaba molestando.
Y me contesta:
-Ese es tu trabajo, tu responsabilidad.
De eso nada, monada.
Imagina que vas a una obra de teatro y son los actores los que tienen que parar la función para hacer callar a un imbécil. ¿Y si no hace caso a la primera? ¿Cuántas veces habría que parar la obra para hacerlo callar? ¿Son los propios actores los que tienen que bajarse del escenario para acompañar a esa persona a la puerta? No, señoros, ese no es nuestro trabajo.
Nuestro trabajo es hacer que el espectáculo funcione bien, no hacer de seguratas. No deberíamos tener ningún reparo, si nadie pone solución a una situación de ese tipo, a apagar el micrófono y adiós muy buenas.
Eso no quita que no podamos intentar hacerlos callar. Los cómicos debemos ser capaces de improvisar algo de vez en cuando, y eso puede aprovecharse para ridiculizar un poco a esa persona non grata. Nunca le des protagonismo, nunca le dejes hablar, nunca permitas que se suba al escenario. Desde donde estás, métele caña, recuerda que el resto del público está de tu parte, les molesta tanto como a ti, y agradecerán con risas y aplausos todos los chistes que hagas contra esa persona. Aquí un par de ejemplos:
En teoría debería bastar. Muchas veces suelen darse por aludidos y se callan para que los dejes en paz, o directamente se van. Pero si están muy borrachos probablemente sigan a los suyo.
Corta el espectáculo. Anuncia una pequeña pausa, y ve directo a hablar con quien mande ahí, para ponerle solución de cara a la segunda parte.
Pero nunca te enfades durante la función. No le grites, o le eches la bronca a nadie en serio, y luego sigas con tu rutina. Recuerda que no todo está en el texto, también hay que crear una atmósfera, empatizar con el público, y ésta se volatilizará si en mitad de un chiste pegas un grito, y luego intentas continuar como si nada.
Lo que se conoce comúnmente por cortar el rollo.
Y ya que estamos con las anécdotas, ahí va otra: llego yo puntual como siempre al local donde me tocaba actuar esa noche. No había nadie. Con nadie no me refiero a dos personas en la barra y una mesa de fieles en un rincón. Con nadie me refiero a nadie. Nadie de nadie. El dueño del bar cortando limón y ya.
-¿Qué pasa? -le pregunto.
-Que hoy actúa Berto en el teatro del pueblo.
-¿Ah, sí?
-Berto Romero, el de Buenafuente.
-Sí, sí, sé quien es. ¿Entonces qué?
-Vamos esperar un poco.
Una hora después ahí seguía yo. La única persona que había entrado en ese rato fue un tío a sacar tabaco, que se fue en cuanto hubo conseguido su objetivo. Cuando ya estaba a punto de decirle que qué le parecía si me iba, entran 30 personas, de golpe, nada de poco a poco, no no no, en manada, y ocupan las mesas frente al escenario.
-Esto será que Berto ya a terminado y vienen aquí a por más -le dije al jefe.
-Qué va. Estos son amigos míos, que estaban de cena, porque uno de ellos tuvo un accidente el otro día y se ha quedado paralítico, y están celebrando que por lo menos sigue vivo.
No me jodas. 30 personas, más ciegas que la Kika, que han salido de fiesta y quieren que yo se la termine. Como podéis imaginar, un nido de heckler. No había ni uno que se callara, pero si echamos a los que molestan me quedo solo otra vez. Cagontó, el tío ya se podía haber muerto (warning: esto es humor negro, no lo pienso de verdad).
Lo que debería haber hecho es anular la función, pero continué, bajándome del escenario, colocándome a su altura, olvidándome de mi texto y poniéndome a hablar con ellos como si fuera uno más, que si habéis bebido mucho, claro tío mucho vino, tinto o rosado, rosado tío, pues cuando vayas a mear va a parecer que te ha venido la regla, y cosas por el estilo. Al final el dueño del bar me tuvo que decir “corta ya que tenemos que cerrar”. Habían pasado dos horas y media y ni me había dado cuenta.
El monologo fue una mierda, pero yo me lo pasé muy bien, y creo que ellos también.
A veces uno debe saltarse sus propias normas.